2 de mayo de 2011

Toda nuestra vida es un constante esperar. Cuando somos pequeños el tiempo se nos hace interminable para llegar a ser adultos, a esa mayoría de edad para tener una autonomía propia que nos de las prerrogativas que ansiamos tener. Y cuando al fin lo somos, caemos en el craso error de no saber lo que es ese anhelo nuestro.
De niños todo nos lo dan hecho y sólo un berrinche o un pataleo, aminoran nuestra espera en cosas tan banales como puede ser, los juegos o el llenar el estómago.
Estamos libres de horas, tiempo y esperas. Pero los años no se detienen, o ¿somos nosotros los que corremos en su busca? Es tal el deseo que tenemos que, rara ve por no decir nunca, echamos el freno, nos sosegamos y nos estrujamos la masa gris para decirnos: ¿para qué quiero llegar a esa meta? ¡Y vaya si llegamos! Y empieza nuestro rosario de esperas.