Nas nueiches lluengas enchenas de solombras
nas nueiches que nun sou a dormire
Malapenas m´alcuerdu de ti
Nos días de murnia infinita
Camientu los días tan vacios de ti
Nas tardes grises de seronda
Cuandu tu recitabas “Préstasme cuandu callas”
Yá naide recita pa min
Temu esqueicere´l arume´l tou cuerpu
y buscu nas ropas que deixaste
pretendiendu que me cercan abrazos.
Nin siquiera sou amirame al espeyu
nun vaigas a tar amuráu pur tras del cristal
Dalgunas vegadas, caleyandu pa matare la nada
pémeque veyu daquién asemeyáu a ti.
Entoncias camudu los mios pasos
Entoncias tornu a la casa de nuesu
y asperu a sentite susurrandu´l mieu nome.
y sientu glayíos que naide rempuende
Y las nueches son prietas aguardandu pur ti.
Cuntandu las horas pulos campanarios ata las rubianas del alborecer.
Nun me faigas casu. Malapenas m´alcuerdu de ti.
.
11 de junio de 2011
2 de mayo de 2011
Toda nuestra vida es un constante esperar. Cuando somos pequeños el tiempo se nos hace interminable para llegar a ser adultos, a esa mayoría de edad para tener una autonomía propia que nos de las prerrogativas que ansiamos tener. Y cuando al fin lo somos, caemos en el craso error de no saber lo que es ese anhelo nuestro.
De niños todo nos lo dan hecho y sólo un berrinche o un pataleo, aminoran nuestra espera en cosas tan banales como puede ser, los juegos o el llenar el estómago.
Estamos libres de horas, tiempo y esperas. Pero los años no se detienen, o ¿somos nosotros los que corremos en su busca? Es tal el deseo que tenemos que, rara ve por no decir nunca, echamos el freno, nos sosegamos y nos estrujamos la masa gris para decirnos: ¿para qué quiero llegar a esa meta? ¡Y vaya si llegamos! Y empieza nuestro rosario de esperas.
De niños todo nos lo dan hecho y sólo un berrinche o un pataleo, aminoran nuestra espera en cosas tan banales como puede ser, los juegos o el llenar el estómago.
Estamos libres de horas, tiempo y esperas. Pero los años no se detienen, o ¿somos nosotros los que corremos en su busca? Es tal el deseo que tenemos que, rara ve por no decir nunca, echamos el freno, nos sosegamos y nos estrujamos la masa gris para decirnos: ¿para qué quiero llegar a esa meta? ¡Y vaya si llegamos! Y empieza nuestro rosario de esperas.
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